Qué extraño. Tres otoños más tarde he vuelto a pasear por aquí.
La noche, el pensamiento azaroso y un punto de nostalgia me habrán traído para recordarme que algún día fui marmota. Que soy marmota.
Es otoño de nuevo.
Soy otoño otra vez.
La ansiedad y las hormigas que dieron vida a este blog no han desaparecido según presagiaba con una inocente esperanza hace unos años. No han desaparecido. Las hormigas pueblan mi cuerpo pero ya no molestan. Nos hemos acostumbrado a vivir juntas.
Las hormigas me habitan, pero los otoños han cambiado.
Llegó al final de un verano. Era Madrid, un calor enorme y una larga espera. Es su segundo otoño y hoy pisotea conmigo las hojas y se reboza en el barro limpio y literal.
Atrás el miedo y las ganas.
Aquí mi cuerpo de vida. De tierra.
O de tortuga, marmota y hormiga.
Hormigas.
Hace unas noches tuve un ataque de hormigas y me escribí unas palabras que me sonaron ciertas.
Hablaban de la ansiedad. De esa que guardo en el armario porque si no la evoco parece que no existe, que no duele, que no es.
Días después perdí el lugar donde escribí aquello que ahora soy incapaz de reproducir. Y sentí un agujero de pena y un vértigo nuevo. Había perdido unas palabras que me ayudaban a comprenderme.
Esta noche algo se cruzó en mi memoria y me trajo aquí de nuevo. Había olvidado estas palabras de marmota y me he vuelto a leer en ellas. Palabras perdidas. Pero el agujero parece que es ahora más pequeño.
Estaba escrito:
El otoño me salvará.